Thursday, September 22, 2005

Nanometrajes


La semana pasada fue la premiación de los nanometrajes urbanos, el concurso de cortos de 30 seg. organizado por revista Plagio y canal 13. 900 trabajos recibidos, 21 menciones honrosas y 3 primeros lugares. Yo obtuve mención honrosa por lo cual me siento honrado, aunque, al igual que probablemente cada uno de los finalistas, ya tenía absolutamente destinados los 2 millones de premio para el primer lugar. Hasta preparé mentalmente un pequeño discurso mientras iba en la micro. Y no es que creyera que mi “nano” -como lo llamaremos de ahora en adelante- fuera la gran cosa. En realidad cometí errores imperdonables y de hecho nunca creí realmente que iba a ganar. Pero, sobre todo por el lado de la plata, estaba esa esperanza media irracional, media nerviosa, que se aferra a nosotros en ciertas circunstancias especialmente paupérrimas de nuestra vida. Lo del discurso fue porque, motivado por la esperanza anterior, saboreé el incontrolable pánico escénico que sentiría en caso de ganar y que me pidieran decir unas palabras. Así me fui en la micro hasta el centro de extensión, nervioso y riéndome como un tonto. Casi sentí alivio cuando, sentado en la primera fila junto a los demás finalistas esperando que empezara la ceremonia, llegó mi amigo Heuty, dire de foto del nano, y me dijo que no habíamos ganado. Lo sabía porque trabajando durante el día en “los simuladores” había conversado con el guatón Sepúlveda, director de la serie y jurado del concurso. Este le había informado sobre la situación y además añadió que a él personalmente le había gustado mucho nuestro nano y que de hecho lo había defendido para un lugar entre los primeros. Quien sabe. En todo caso esos son el tipo de detalles que prefieres no saber en realidad. Cómo el año pasado con el Fondart, pero esa es otra historia.
Mi nano se llama “Resistencia” y debo reconocer que me costó mucho sacarlo adelante. Sin financiamiento al principio, luego financiado parcialmente y finalmente en la mitad y a raíz de un problema de fuerza mayor que me costó peleas y malentendidos que aún no muestran todas sus consecuencias vuelto a la orfandad, tuve que hacer de todo. Todavía recuerdo la propaganda radial: “Un ejemplo de lo que puedes hacer con 30 segundos, una cámara de video y la ciudad” Ja. Ahora me da un poco de risa. Risa y una gran lección. Si tienes locaciones, actores, luces, dolly, etc., estás parando una filmación con todas las de la ley. Si a esto le sumas un importante trabajo de posproducción (como inventar un lugar que en realidad no existe y ¡mas encima en movimiento!) es casi lo mismo que hacer el señor de los anillos. Que el producto final dure sólo 30 segundos viene a dar un poco lo mismo. Bueno, en realidad esto es algo que yo, como director de comerciales, ya sabía. Pero la verdad es que esto mismo me jugó en contra. Primero porque se me ocurrió un guión que tenía todas las exigencias antes mencionadas como si de un comercial se tratase, y segundo porque no tomé las riendas completas del asunto delegando responsabilidades en un equipo de producción. Esto último en apariencia no tiene nada malo si no todo lo contrario, pero si se toma en cuenta que esta máquina llamada publicidad funciona con monedas, el colapso posterior puede ser ( y de hecho fue) de proporciones. Así, por ejemplo, ahora tengo pagar una deuda por el arriendo de una locación de la cual sólo ocupamos la fachada y que perfectamente podría haber sido conseguida gratis y no por 50.000 $. Y así con todo. Una aclaración, el resultado no tiene nada que ver con estos incidentes de producción y el no ganar es absolutamente responsabilidad mía. En fin, fue una satisfacción personal haberlo hecho y quedar con mención honrosa, entre 900 cortos, no está mal.
En general los nanos están bastante buenos y los pueden ver en http://www.plagio.cl/. A mi me gustan mucho “lugares comunes” y “programa espacial”.

Monday, September 12, 2005

En la cola

El sábado me fui a inscribir en el registro electoral. Como era de esperar en un clásico último día de inscripción, el edificio estaba lleno hasta la tuza de gente. Al subir me encontré con unas filas enormes que serpenteaban caprichosamente cruzándose unas con otras, bajando y subiendo escaleras hasta meterse por puertas misteriosas. Por supuesto, las pobres 3 señoras encargadas de inscribir, no daban abasto para aquellas hordas y el caos lo dominaba todo. Con mucha dificultad (no había ni siquiera un guardia) logré averiguar que Ñuñoa estaba dividida en tres filas correspondientes a tres partes diferentes de la comuna. A mí me tocaba la de Plaza Egaña, que bajaba por una escalera y se metía por una puerta. Esto va a ser duro, me dije. Saqué mi revista de libros del día anterior y descubrí que iba a ser insuficiente lectura para el rato que me esperaba. Recordé además que no había tomado desayuno, ya que en mi optimismo, pensé que para qué si a más tardar a la 1:30 estaría en casa para el almuerzo. Eran las 12:00. Entendiendo que después de tantos años de abstinencia cívica esta podría ser una especie de penitencia redentora, pero sobre todo temiendo perder mi lugar, desistí de ir a comprar algún alimento y me puse en la cola.
Enseguida empezaron a surgir las situaciones y los personajes. Delante de mí tenía a un joven prospecto de humorista que no perdía ocasión para sacar a relucir esa picardía del chileno, tan presente en situaciones engorrosas. Como siempre, los que estábamos alrededor suyo se lo agradecimos enormemente. Tampoco faltó la mina organizadora, que gustosa daba instrucciones a los recién llegados, disponía que los ancianos y los inválidos pudieran pasar (increíblemente, estos necesitaban a alguien que intercediera por ellos), sacaba cuentas para informarnos de cuanto debía faltar, etc. Mas tarde, ella sería protagonista de un altercado con gritos, bastante injusto por su parte, en contra de las pobres señoras inscriptoras, que mal que mal, no tenían culpa de nada. Se nos cayó nuestra compañera.
Además me encontré con 2 conocidos, una chica compañera de mi hermana, inscribiéndose a sus 18 años y otro conocido que hacia cambio de domicilio y que no podía creer que yo nunca me hubiera inscrito. Me molestó su insistencia y comprendí con claridad algo que todavía estaba en estado de intuición. Esa era la verdadera razón de porque yo estaba allí. Nunca creí mucho en el voto y sigo sin creer. Pero cuando hablas de política con alguien y se enteran de que no estás inscrito, se produce la instantánea pérdida de credibilidad de tus argumentos y sólo quedan 2 opciones; Explicar largamente ambiguas posiciones éticas al respecto, con la consiguiente y siempre infructuosa discusión, o callarse la boca. Detesto que alguien me venga con que cómo puedo hablar si no estoy inscrito, pero el pequeño punto de razón que tienen me molesta de tal forma, que decidí aclarar las cosas inscribiéndome. Y, como buen chileno, escogí el maldito último día.
En fin, así pasaron 3 horas sin mucho mas que contar aparte de que hacía mucho que no sentía tanta hambre. Por fin quedaron unas 5 o 6 personas delante de mi y la puerta. Ante esta visión tan gráfica de mi futuro, el caldo de cabeza que me hacía en torno al conflicto entre perder mi libertad y creer realmente que mi libertad está en ejercer mi derecho a voto estaba en su punto máximo de ebullición. Miraba de un lado a otro pensando: ¿Qué pasaría si me voy, si sólo dejo la fila y salgo a la calle? La Su probablemente se va a enojar un poco, pero yo ¿me lo podré perdonar? -Ya quedan 3 personas- ¿Soy realmente alguien que quiere votar por el resto de su vida? -2 personas- ¿Porqué hay que someterse a la igualdad cuando todo funciona igual de mal? -1- En eso se abre la puerta, sale una de las señoras y dice con una voz chistosa, como de gag:
-Vamos a hacer un receso de media hora.
Por un segundo hubo silencio, luego empezó la algarabía. El humorista frente a mí hizo gala de todo su ingenio para hacer frente a la situación (resultaba muy gracioso que justamente él hubiese quedado ahí) mientras la organizadora, que ya hacía rato había perdido la paciencia, sacó su lado más pequeño burgués despotricando en contra de la concertación.
Yo, por mi parte, no pude dejar de notar cierta lógica de los acontecimientos. Se me estaba dando la oportunidad de pensar con calma que hacer, me quedaba media hora para decidir si me iba ridículamente de ese lugar, o si ridículamente me inscribía en el registro electoral. Unos pocos empezaron a fumar y, aunque lo hacían en una ventana, el humo igual se colaba hacia el interior de la sala por lo que la tensión aumentó. Era como si todo apuntara a que yo me fuera. Pensé que de no haber sido por el receso, en ese momento estaría poniendo mi dedito irreversiblemente, condenándome para siempre a formar parte de esas enormes colas de gente que cree que así deciden algo.
Pero ya estaba en una cola y no era tan terrible. Igual, a pesar de los altercados y las diferencias, se respiraba "algo"distinto que en otras colas. Todos teníamos hambre y aburrimiento, pero el humor era mejor de lo esperable. Y lo descubrí, lo que hacía a esa cola diferente a otras es que aquí nadie estaba obligado. En definitiva, todos éramos "voluntarios".
No habían pasado ni 15 minutos, cuando la puerta se abrió nuevamente y la señora, todavía masticando su último pedazo de sándwich, le dijo al humorista con un gesto que pase. Era la hora de la verdad. Me quedé mirando a la Dixie (la amigui de mi hermanita) pensando en si podría despedirme de ella sin haberme inscrito y cual sería su reacción. Así, mirando a la Dixie que no entendía nada, me tocó el turno.
Entré, me inscribieron y cuando me preguntaron profesión dije cineasta. Se rieron y dijeron que debería hacer una película sobre esta situación. Mientras ponía mi dedo entintado, les seguí el juego preguntando (me) si podría tener un buen final. Una de ellas me dijo que sí pues, que salió siendo un ciudadano hecho y derecho. En ese momento me pareció una frase hecha y absolutamente desprovista de contenido. Pero ¿saben que? Tal vez tenga algo de razón.

Monday, September 05, 2005

Acerca de por qué me quedé con la garganta atorada después de una discusión sobre la crítica cinematográfica en Chile.

Lo que voy a contar sucedió el año pasado, poco antes del fin de año. Todo empezó con una comida con compañeros de la asociación de cortometrajistas de Chile (ACORCH) en el Café de la Isla. Como sucede siempre en esas ocasiones, nadie quiere hablar de trabajo porque acabábamos de terminar otra interminable asamblea y lo que prima a esa hora es el hambre, la amistad y las ganas de relajarnos. Alguien entonces, creo que fui yo, preguntó quien había visto la película “Gente decente”. La primera en contestar fue nuestra entonces presidenta, quien, luego de pensar bien sus palabras, dijo algo así como: “Si, la vi, pero me cuesta hablar de esa película por que la crítica ha sido demasiado insidiosa con ella” y luego, llevando el tema hacia el lado gremial, añadió: “De hecho, uno de los temas que vamos a discutir en profundidad en la próxima reunión de plataforma (audiovisual) es el de la crítica en Chile”. Tras esta intervención todos estuvieron de acuerdo y la conversación giró rápidamente hacia el tema de la crítica Chilena, lo mala que es y lo vendida que está a las grandes distribuidoras de cine gringo. Recordé entonces, y debo confesar que amargamente, que estaba donde estaba y que soy un adulto que no puede ir por la vida diciendo todo lo que piensa. Por que lo primero que hubiera dicho es que la película me pareció un bodrio con todas sus letras y que la crítica no ha hecho más que ser justa con ella, independiente de que pueda ser benévola en otros casos en que no corresponda. Recordé, además, que estaba entre amigos del director, Edgardo Viereck, que es un acérrimo sindicalista del cine, además de -por lo que dicen- un gran amigo y persona. Que lata. Si algo hecho de menos – y debo confesar que es algo que sigo haciendo pero con mis amigos más cercanos- es dejarme llevar por el entusiasmo cinéfilo, ya sea para elevar una película que me gustó a la categoría de obra maestra, como para fustigar a quienes se hacen llamar cineastas y que sólo son monos con una cámara. Ese impulso meramente hedonista de alzar la voz frente a lo que más me apasiona, a tomarme lo que digo en serio, tan en serio, que a esta edad empieza a parecer infantil, es lo que una vez más tuve que contener. La discusión siguió un rato y yo intenté defender tímidamente mi punto de vista, mientras el interés se iba desinflando, hasta que por fin todos terminamos comiendo y cambiando de tema, En ese momento recordé una situación parecida pero bastante lejana en el tiempo.

Yo era un estudiante de 3° medio y carreteaba todas las tardes en la casa de mi amigo Víctor Castillo. El hermano de Víctor, Juan, estudiaba comunicación audiovisual en el que luego sería mi instituto, el Arcos. Estaba en 3°, así que él y sus amigos eran bastante mayores que nosotros. Nos juntábamos en una especie de ático que tenían los hermanos en su casa de Ñuñoa. Además, recuerdo que iba gente aún más vieja, un profesor de Juan y un par de profesores de nosotros. Fumábamos mucha marihuana, tomábamos chela y hablábamos de cine, música, literatura, pintura, pero sobre todo, cine. En uno de estos encuentros, a mi se me ocurrió decir que había visto una película de Leo Coking cuyo nombre ahora no recuerdo (en la que actúa Axel Jodorovski) y que me parecía la peor película que jamás había visto. Inmediatamente el profesor de cine me dijo algo así como: “¿Ah sí? Y tú debes haber visto mucho cine ¿verdad?”. Me quedé de una pieza y sin decir nada. Luego siguió, adoptando un poco el tono académico que debe seguir usando hoy con sus alumnos y dijo: “...Para opinar de manera tan categórica tienes que tener un conocimiento mas profundo del cine, y, sobre todo, de lo que significa hacer cine en este país”. Entiéndase que en las postrimerías de la dictadura este tipo de frases calaban hondo en nuestros corazones.
Asentimientos graves y reflexivos por doquier, miradas de reprobación hacia mi persona y una sensación de empequeñecimiento por mi parte, se sucedieron de forma implacable, como todo en la adolescencia. Sin embargo, pese a mi vergüenza y mi inseguridad, olfateé que algo andaba mal. Está bien, lo de decir "la peor película" puede sonar tonto o de mal gusto, pero eso de que cuesta hacer cine en este país ¿qué tiene que ver con la falta de guión, la siutiquería pretenciosa, la falta de todo asomo de interés y de cariño por el cine? Mas tarde entendería a André Bazín cuando dice que hacer una mala película es tan difícil como hacer una buena.

Hoy puedo decir que soy cineasta. Es lo que elegí hacer, aprendí desde abajo, nunca hice otra cosa y me da para vivir. Sé lo que probablemente aquel profesor nunca supo, lo que significa hacer cine en este país. Y no me parece que una película tenga que ser tratada con benevolencia por el sólo hecho de ser chilena.
Que hay una insuficiencia de crítica especializada es claro y que lo que ofrece la prensa escrita en muchos casos deja bastante que desear, también. Pero creer que hay ensañamiento o coima cada vez que una película chilena es mal criticada no sólo es un poco inconsecuente, sino también peligroso. ¿Qué significó que plataforma audiovisual iba a hablar de la vilipendiada película de Viereck –quien además formaba parte de dicha plataforma- para referirse al tema de la mala crítica en Chile?. Es bastante improbable que se logre algún tipo de regulación, pero, si tan sólo se consiguiera algún tipo de represalia ¿Qué consecuencias puede acarrear? Un cine que se vuelve hacia sí mismo para defenderse de la opinión pública, castigando y censurando a sus detractores y en definitiva justificando sus propios errores. Malo me parece, contraproducente.
El problema de la crítica es que no existe una sola publicación de cine, ni buena ni mala, en Chile. Incluso se puede decir que algunos críticos escriben mal, pero la crítica en prensa es caprichosa por naturaleza y no por opción. Así como cuando sale una mala película chilena la destruyen con algo parecido a la saña, sale una más o menos buena como “Machuca” y se vuelve el hito cinematográfico de la década. Entonces queda pensar que el cine chileno esta en una situación un poco anómala. Hay expectación en torno a él. Todos quieren que algo ocurra, algo importante, un “Amores perros” que nos permita enamorar al resto del mundo como ocurrió en México. Frente a esto una película mala más no es gran cosa a menos que sea muy mala. Entonces se transforma en noticia y los diarios pueden volver a hablar de cine chileno.
Que la crítica está vendida me parece que suena mucho a prejuicio. No estoy a favor de la crítica en general, pero tampoco me considero del “otro bando”. Leo crítica y encuentro que hay gente que sabe lo que hace y lo hace de forma honesta. Además, no me consta que se privilegie a las producciones gringas. Como he dicho, yo leo las críticas y veo como destruyen literalmente la reputación de películas que costaron cientos de millones de dólares. Si algo de cierto hubiera en la teoría de las coimas, seguramente estas películas serían intocables. No se, tampoco pongo las manos al fuego por nadie. Obviamente hay por ejemplo una Maria Inés Sáez, cuya única corrupción es ser boba y facha, y casos así debe haber muchos (como en todas partes), pero decir así de buenas a primeras que la crítica está vendida, sobre todo sin tener antecedentes claros es, en mi franca opinión, desconocimiento y prejuicio.
Ahora, volviendo a “Gente decente” de Edgardo Viereck, yo me hago la siguiente pregunta:
¿Que tanto aporta una película al cine chileno por el sólo hecho de aumentar el número de películas al año? La película de Viereck, si bien es cierto no está del todo vacía de contenido ya que trata de dar claves sobre una conducta social en el barrio alto santiaguino, es eminentemente una película de género. Y con “de género” no quiero decir “mala”. Pero cuando digo “eminentemente” me refiero a cine sin autoría, sin perfil. El director no propone nada, no posee una mirada particular. Sólo oficio y, lamentablemente, ni siquiera le alcanza. Luego el resultado es poco satisfactorio. Uno piensa que es lo que lleva a alguna gente a hacer cine. Y más aún, como realizador en un país donde tanto cuesta realizar, por que debemos defender a alguien que ocupa uno de los pocos puestos disponibles de cineasta que hay sólo porque sabe moverse y conseguir financiamiento y cuya única inquietud, se advierte, es llevar gente a las salas. El director en este caso jugó con las cartas del cine comercial, ¿No es un poco gusanillo que luego se queje desde la institucionalidad? Su película era un producto de consumo masivo, no resultó, y de pronto se convierte en un objeto relacionado con la cultura y el arte chileno. P.F.
Pero esto es ya agua pasada y mi intención última no es hacer una crítica ni sobre la película ni sobre el director, si no hablar sobre un síntoma: la auto-condescendencia. Ese “lo que cuesta hacer cine en este país” ya me aburrió. Si queremos hacer algo que realmente aporte al cine chileno, hagamos buenas cintas y punto. No digo descuidar el aspecto gremial, que es más necesario que nunca, pero que no se nos nuble la vista ni se nos pierda el norte. Cuando una película es mala que lata y peor si es de un amigo, pero no lo podemos negar ni ocultar, y ni siquiera me consta que sea bueno bajarle el perfil. Creo que hay que decirlo, discutirlo, analizarlo. Cuándo llega el momento de hablar de la calidad de las películas, ¡qué no se nos trabe la lengua, compañeros! Seamos auto-críticos. Eso es lo que debería haber dicho y no dije aquella noche en el Café de la Isla. No nos convirtamos en esos viejos burócratas que abundan en los ministerios del arte y que lo que mejor saben hacer es cuidarse mutuamente el propio culo cultural. Lo que necesitamos es rigor, no condescendencia. No tenemos un buen cine y esto, perdónenme, nada tiene que ver con la plata. Lo mismo cuesta hacer una peli buena que una mala (cito de nuevo a Bazín) Lo que falta es creatividad, valentía y, sobre todo, rigor artístico. No pomada para el dolor del fracaso. Esto va tanto para todos, cómo para mi mismo.

POR QUÉ 3 MEDIDAS

Después de mucho tramitarme, hoy estoy realmente empezando a escribir en mi blog. Ante esta, digamos, ocasión especial, pienso que debería escribir unas palabras de introducción.

Un 3 medidas es, para los que no conocen la jerga audiovisual, una especie de cajón rectangular de madera que posee un sin número de aplicaciones, como levantar decorados, soportar rieles de dolly, elevar la altura de la cámara cuando el trípode ya está en toda su extensión, asiento (esta es una de las mas usadas) y muchas, muchas más. Se llama 3 medidas por que tiene 3 alturas distintas según la cara o posición que se elija (al igual que una cajetilla de cigarros). Bien, el nombre lo escogí por que es probablemente el 3 medidas el último en el escalafón de las herramientas para hacer cine. Es de manufacturación simple, por lo que constituye uno de los pocos artículos de cine fabricados en nuestro país. Si vez una lista de alguna casa de arriendo de equipos cinematográficos que esté ordenada por precio, encontrarás que el 3 medidas es el último (es lo mas barato) Y, pese a todo, es indispensable. Créanme, la falta de 3 medidas puede ser más que un dolor de cabeza durante una filmación. Esto nos hace recordar que el cine es un arte grupal, donde cada una de las partes es tan importante como las otras, nadie sobra, nadie es prescindible. Yo empecé como video assist y entre medio pasé por asistencia de cámara (2ª y 1ª), luego asistencia de dirección y, finalmente, dirección. Aunque no me jacto ni digo que el proceso para todos tenga que ser así, me alegra haber pasado por la experiencia técnica. Uno aprende a curtirse, a pasar frío, sueño, hambre, cansancio y, pese a todo, a seguir ahí, concentrado, atinando. Uno aprende además a solucionar problemas rápidamente y con los medios que se encuentran a mano, a ser versátil como lo es un 3 medidas. Pero por sobre todo, y probablemente lo más difícil, uno aprende a ser digno dentro su pega, a que no te importe que el director que tienes al frente sepa bien o no lo que hace, o que tú lo harías mejor. En cambio te concentras en tu trabajo, postergando tus sueños en función del sueño de otro . Por que no te corresponde, por que estás concentrado en lo tuyo. Y aprendes, en algunos casos, que si piensas demasiado en que tu lo harías de tal o cual manera, es porque talvez deberías dejar de perder el tiempo y empezar a dirigir. Luego te das cuenta de que no fue perdida de tiempo y que todo eso te sirvió de mucho, porque ahora es más fácil ser la cámara, luego de que fuiste un 3 medidas.